Escuchar sin juzgar: un ejercicio de carpintería humana
«Siempre he amado el desierto. Uno se sienta en una duna de arena, no ve nada, no oye nada. Sin embargo, a través del silencio, algo palpita y brilla». — Antoine de Saint-Exupéry Cuando era niña, nos enseñaban las normas del buen hablante y del buen oyente: eran las pautas básicas que debíamos aprender para lograr una comunicación fluida. Sin embargo, con el tiempo, el acto de comunicar se transformó en la necesidad imperiosa de tener siempre la palabra, aplastando al interlocutor con el discurso del ego y corriendo el peligro de definir al otro en una sola frase. ¿Cómo se puede llegar a acuerdos si no logramos frenar la reacción impulsiva de interrumpir lo que el otro dice? Nos hemos acostumbrado a discutir en lugar de conversar; a juzgar antes de ofrecer respeto. Si se nos dice algo con lo que no estamos de acuerdo, convertimos al otro inmediatamente en un enemigo. Escuchar se ha vuelto una rara cualidad, mientras que hablar se degeneró en un ataque desmedido por imponer criterios, j...