Los silencios que amamos

Gemini ha dicho

Encontrarse con el silencio no es una experiencia para cualquiera. Habitarlo exige una disposición distinta de los sentidos para percibir lo extraordinario que transcurre en la penumbra: la luz matutina abriéndose paso por las grietas y paredes de la casa, el crepitar del fuego donde el agua que rompe en hervor anuncia la hora del café, el trinar lejano entre las copas de los árboles, el aleteo fugaz de las aves y la sombra ágil de un gato desfilando sobre los muebles.

Es en esa quietud donde la poesía sucede, imperceptible, mientras el mundo mantiene su vértigo afuera. Sin embargo, cruzar el umbral del silencio implica también librar una batalla. La inercia del consumo nos invade con el scroll infinito de imágenes fugaces y mensajes intrascendentes; la experiencia de contemplación,
de reconocernos en el espacio propio termina derribada, como un árbol ancestral que estorba la edificación de un imperio artificial.

Cuando la mañana empieza y el silencio se fractura al ritmo de la prisa o la insensatez, la conciencia cede terreno frente a la dispersión. ¿En qué lugar podemos abrir hoy un paréntesis para serenar el pensamiento?

En tiempos donde la estabilidad se diluye, donde la angustia brota tras la confusión y la rutina se interrumpe constantemente por las fallas cotidianas de nuestro entorno, esa misma desconexión forzada puede ser reaprovechada. Volver la mirada hacia adentro permite hallar la calma necesaria para procesar las transformaciones que nos exige este presente cambiante.

El silencio nos resguarda de las verdades a medias, de la intoxicación digital y de las dinámicas de odio que buscan capturar nuestra atención hacia disputas ajenas. Discernir lo auténtico en este siglo es adentrarse en un laberinto más intrincado que el ideado por los dioses griegos. Requerimos de la pausa porque es el único territorio genuino que nos queda: el espacio del retorno a uno mismo y de la reconstrucción de la propia mirada.

Ante el desgaste del entorno y la incertidumbre de los días, esas horas al margen del ruido del mundo pueden transformarse en un refugio de claridad. Solo en la serenidad es posible interrogar a la quietud sobre cómo sembrar esperanza, cómo capear la tormenta presente y cómo recobrar la calidez de aquel diálogo comunitario que alguna vez fuimos.

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