Estudiar después de los 60: el arte de tejer puentes entre un siglo y otro
"Al que no sabe, cualquiera lo engaña. Al que no tiene, cualquiera lo compra. Piensen.. piensen para que aprendan a aprender por su propia experiencia"
Simón Rodríguez
Volver a las aulas después de los 60 años , antes que nada, es un acto de valentía que implica el seguir dándole sentido a mi experiencia. Abrir este espacio es parte de mi trabajo como investigadora y como escritora, ya que volver a sentarse en un pupitre rodeada de rostros frescos, llenos de futuro, con una energía única, con sus sonrisas y preocupaciones que son absolutamente válidas, me hace preguntarme qué hago ahí. Sin embargo descubro que todos estamos buscando un sentido a nuestra vida en la trama existencial donde todos estamos habitando el espacio común del aula.
Las diferencias de edad, la diversidad de pensamientos, de posturas ideológicas, políticas, religiosas, los modos de relacionarse, la cultura que cada quien ha desarrollado, las maneras en las que vemos la realidad, hacen que la trama social en la que me inserto sea una parte fundamental de mi crecimiento como investigadora de las conducta y de las emociones.
Es complicado a veces, porque también me siento vulnerable y expuesta por mi sinceridad. También es una desventaja ser lectora y tener experiencias vinculadas a las ciencias sociales, a la literatura, al trabajo comunitario y a la edición de libros.
A veces miro el miedo con el ojo social y el rigor sistémico. En el mapa del aula, el poder es un territorio sensible. A veces, llegar al pupitre con mis cabellos canosos y con los libros subrayados en el alma, se convierte en un espejo incómodo para quienes están en la tarima.
Solo quiero compartir lo que sé, lo que amo, lo que leo, lo que me ha construido como la persona que soy.
Hay profesores que confunden la experiencia del estudiante con un desafío a su autoridad. En sus miradas descubro, no una genuina distancia, sino el sutil parpadeo del temor: temor a ser evaluados por quien ya ha recorrido los caminos que ellos apenas comienzan a teorizar.
Hay muchas dinámicas de poder entre los estudiantes y en la academia y lo puedo ver claramente.
Hoy comprendo que es humano sentir miedo ante lo desconocido, y entiendo que para el ojo institucional es más sencillo gobernar un lienzo en blanco que dialogar con un territorio ya edificado. Sin embargo, no es mi intención competir por un espacio del saber, sino ensancharlo. No he llegado a la academia para restarles autoridad, sino a sumar mi historia a su cátedra, porque cuando un aula se convierte en un juego de amenazas y defensas, el conocimiento se empequeñece.
La verdadera docencia no necesita defenderse de la experiencia, necesita abrazarla para que el trama del aprendizaje sea, finalmente, un refugio compartido.
Volver a las aulas después de los sesenta es una oportunidad de trazar nuevas líneas sobre un mapa que ya tiene historia. Como bien señalaba Malcom Knowles, el padre de la andragogía, en la educación de adultos el recurso más rico para el aprendizaje reside en la experiencia del propio estudiante.
Cuando el sistema comprenda que el saber acumulado no es una amenaza al poder, sino el cimiento más sólido para el diálogo, las aulas dejarán de ser trincheras construidas desde la desconfianza.
Mientras tanto, sigo habitando este espacio común, despojándome de cegueras sociales y tejiendo, puntada a puntada el sentido de mi propia trama.
Ingrid Chicote
Te felicito amiga.
ResponderEliminarExcelente reflexión. Ciertamente, en la academia no se debe competir, se debe compartir experiencias para crecer, para aprender, para avanzar...
ResponderEliminarGracias
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