POSIBLE TITULO DE UNA PELÍCULA. BREVE DIALOGO CON OSWALDO GONZALEZ
¿Se podrá oír otros universos
fuera de esta trampa de la cordura?
— Oswaldo Antonio González
(Colección La buena calle. 2009. Edit. La Mancha)
Dedicado a Angélica Llovera
Al país fracturado y doliente
Querido Oswaldo:
Hoy se cumple un mes del terremoto. Supongo que estás resolviendo la entrada de tanta gente querida por ahí donde te encuentras. Ahora sí es verdad que vas a tener tu propio observatorio: puedes mirar todo desde tu mirada de cóndor. Hoy puedo ver que cuando estábamos niños y jugábamos con las hormigas, creíamos que éramos poderosos, sólo por ser más grandes que ellas. Como Zeus en el Olimpo, pues... Deberíamos volver a releer La odisea. Parece que la gente la está entendiendo por una película nueva que hicieron.
¡Cuánta falta haces en este momento cuando la tierra se ha abierto para tragarse un horizonte, con las armaduras y esas vidas que fueron ofrendadas para que emergiera la luz entre las grietas! Hoy te recuerdo tanto, amigo mío... Quizás esas voces que nos llaman fuera de la cordura sean la terca esperanza de encontrar la vida dentro de los escombros. La esperanza no tiene culpables, es simplemente una voz que surge desde el centro del pecho y se hace eco en nuestra fe.
«Si la naturaleza se opone...», decía aquella frase de Bolívar. ¿Cómo haremos para hacer que la naturaleza humana nos obedezca? Porque cuando la Tierra se mueve, es algo de su propia conducta, del acomodo de las placas, geografía en acción visible, ese grito sordo e inclemente desde sus fauces que reclama sus espacios. Eso lo entendemos con la cabeza. Ahora: desde nuestro corazón, ¿cómo podemos comprender y aceptar las grietas y los escombros de nuestro propio derrumbe interior? Tú sabías mucho de eso, hermano mío...
Cuántas conversaciones de «no digas eso, que no es conveniente», «caramba, Ingrid, hay un poder más grande que tú; cállate», cuántas advertencias, cuánta lucidez en lo que estábamos viendo. Cuánta oposición a nuestra mirada. Estábamos viendo el horror acercarse y tú te fuiste y me dejaste aquí, hablando sola. Me dejaste aquí en este universo para mirar las fauces de lo que la tierra se ha tragado. Pero también me dejaste para ver la luz que emerge de las entrañas de la tierra.
Hoy volví a abrir el I Ching: hay que esperar que el entusiasmo sea una llama que se encienda desde el silencio. El ruido no nos deja escuchar el fino mensaje que nos mandan los dioses. Los seres intrascendentes no saben leer una nube, no leen el lenguaje de los pájaros: hoy puedo entender el trinar desesperado de ellos días antes, ese olor a nitrógeno que estaba en el ambiente. Eran advertencias de lo que se venía; me inquieté, pero no lo comprendí. Quizás hubiera ido al encuentro de mis seres queridos. Pero la naturaleza nos ha alertado: tenemos que volver a mirar con nuestros ojos de ver. Las pantallas nos anulan los sentidos. ¿Estás de acuerdo, verdad?
El oráculo ya no estaba entre nuestras lecturas. Estaba en la propia tierra: en el aullar de los perros, los gatos alborotados buscando refugio, la caoba que no movía sus hojas pese al viento porque su energía le decía que era hacia abajo que debía enviar la fuerza para sostener sus raíces y no caer sobre las casas. Hoy agradezco todos los árboles que jamás fueron sacrificados porque sus raíces sostuvieron mucha vida, protegieron estructuras y siguen allí: de pie.
¿Cuántos universos pueden existir dentro de la Tierra? ¿En qué universos, Oswaldo querido, nos vamos a quedar para seguir avanzando o retrocediendo? ¿Hacia dónde nos llevan las nuevas rutas que se han abierto en el horizonte? ¿Hacia adentro, hacia afuera, hacia dónde vamos? Dime tú, que estás mirando desde arriba... ¿O desde abajo?
Cuánta historia nos une, cuánta crónica que escribir: las largas colas, el desespero de un arma frente a la puerta, la denuncia de las transnacionales de la basura, el vigoroso encuentro en Los Chinos cerca de la Baralt, los libros, mi crisis de ausencia de conexión. «¡Cállate, muchacha, que te pueden matar! ¡Qué bueno que te cortaron el internet!».
Y aquí estoy escribiendo otra vez. Creo que te gustaría mucho conocer esta versión de mí. Ahora me paseo por otros universos. Siempre mirando como la mujer del oftalmólogo en el Ensayo sobre la ceguera o como la Blimunda de Memorial del convento de Saramago. A veces como una viendo el todo, a veces como la otra viendo las almas. También tengo un pedacito de pan para que el hambre no me muestre los monstruos y pase el día sin horror.
¿Crees que, entre tu invisibilidad, Angélica y yo podremos escribir el título de una película? ¿Podremos volver a escribir un nuevo guion?

Hermoso. Tanta dignidad. Gracias 🫂
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