Escuchar sin juzgar: un ejercicio de carpintería humana
«Siempre he amado el desierto. Uno se sienta en una duna de arena, no ve nada, no oye nada. Sin embargo, a través del silencio, algo palpita y brilla».
— Antoine de Saint-Exupéry
Cuando era niña, nos enseñaban las normas del buen hablante y del buen oyente: eran las pautas básicas que debíamos aprender para lograr una comunicación fluida. Sin embargo, con el tiempo, el acto de comunicar se transformó en la necesidad imperiosa de tener siempre la palabra, aplastando al interlocutor con el discurso del ego y corriendo el peligro de definir al otro en una sola frase.
¿Cómo se puede llegar a acuerdos si no logramos frenar la reacción impulsiva de interrumpir lo que el otro dice? Nos hemos acostumbrado a discutir en lugar de conversar; a juzgar antes de ofrecer respeto. Si se nos dice algo con lo que no estamos de acuerdo, convertimos al otro inmediatamente en un enemigo. Escuchar se ha vuelto una rara cualidad, mientras que hablar se degeneró en un ataque desmedido por imponer criterios, juicios y razones por encima de la empatía.
Por eso, creo que es necesario defender el espacio para la pausa y el pensamiento. La prisa moderna y la exigencia de «producir» a cada instante nos convierten en seres puramente reactivos. Esta prisa constante nos lleva a cuestionar al otro antes de comprenderlo, cuando lo que realmente necesitamos es rescatar el valor del ocio reflexivo, la lectura, la escritura y la observación detenida.
Escuchar requiere silencio interior. Habitar ese espacio exige calma, respiración y serenidad. Escuchar es un acto de respeto que genera confianza y tranquilidad; es también un gesto de conciliación con todo lo que nos rodea, incluso con aquellas cosas que parecen guardar un alma silenciosa.
Escuchar y observar son facultades que florecen cuando aquello que nos rodea verdaderamente nos importa. La historia de las personas también habita en los objetos que aman, en las cosas que cuidan, en las paredes que levantan y en los muebles que preservan. Todo eso no solo se mira: también se escucha, se huele y se siente.
Saint-Exupéry amaba el desierto porque en medio de la aparente nada podía percibir lo esencial. Escuchar el silencio es hacer una pausa con la vida: es detener la violencia de lo reactivo, dejar de usar las palabras como armas y abrir un espacio saludable para la confianza.
Quien teme al silencio y se llena de ruido no deja espacio para la reflexión sobre sí mismo. El ruido permanente aturde las relaciones, las ahoga y genera interferencias que a menudo resultan insalvables.
En estos tiempos de tanto ruido y tan poca hondura, hacer espacio para el silencio es, más que un lujo, una necesidad vital.

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