Integridad y presión social
«Se verá que la fórmula usual "frustración conduce a la hostilidad" es verdad, pero demasiado simple, porque deja de mencionar el cálido apetito de la agresión rabiosa... Resulta difícil entender por qué la rabia, que es una disposición de enojo, sigue persistiendo cuando la aniquilación del obstáculo ha sido efectivamente consumada, por muerte o distancia... O por qué la venganza, el odio y la aniquilación del enemigo producen satisfacción; su no existencia no es indiferente, sino que sigue siendo alimentada: el enemigo no solo es aniquilado, sino destruido y asimilado».
— Fritz Perls (1965)
La construcción del enemigo proviene del miedo a perder el control, de la venganza por la destrucción de algo significativo, del desconocimiento del otro o de la falta de comprensión y empatía. La invención de un enemigo común responde a múltiples causas; por ello, parecemos habitar en un estado de guerra psicológica permanente.
La indignación se manifiesta en distintos escalafones, estratos de poder y estatus económicos, a menudo impulsada por el temor a perder aquello que creemos merecer. Sin embargo, cabe reflexionar que, con frecuencia, el ascenso a una posición de poder se logra pisando escaleras de cadáveres: una dinámica macabra para justificar la razón que pretendemos poseer.
Es allí donde emerge el dilema ético:
- ¿Es correcto lo que estoy haciendo?
- Cuando este momento transcurra, ¿mi conciencia estará en paz?
- Si el objetivo es guiar a un grupo —sea grande o pequeño—, ¿fui justa o justo?, ¿pude comprender?
Son interrogantes que nos aproximan al otro, pues cuando negamos e invalidamos la alteridad, nos transformamos en pequeños dictadores del sistema.
La integridad de nuestras acciones reside en cómo nos comportamos cuando nadie nos ve. Principios como no robar, no matar o amar al prójimo como a uno mismo no deberían ser la excepción, sino la norma: los valores no se decretan, se ejercen.
¿Cómo vamos a reconstruir algo si lo erigimos sobre el reciclaje de lo inservible, armando un parapeto a fuerza de pintura y sin sentido? ¿Cómo alcanzaremos objetivos comunes si pongo mi rabia al servicio de la indignación y el otro me convierte en su enemigo?
¿Cómo nos salvaremos de nuestras propias contradicciones? ¿Cómo remontaremos el vuelo con las alas rotas? ¿Cómo saldremos del bucle de las venganzas personales? ¿Seremos capaces de reconocer el dolor ajeno?
Hay mucho por hacer con nosotros mismos. Insisto:
RECONOCER es tan importante que se escribe igual al derecho que al revés.
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