¿ A qué edad se acaba el derecho de empezar de nuevo?


 Más sabe el diablo por viejo, que por diablo

Del saber popular


Allí estaban ellas: una sentada en su silla de ruedas, afectada por el Síndrome de Ehlers-Danlos, con 110 años tejiendo fibras naturales para hacer muebles. La menor, con sus 95, iba y venía del jardín cultivando el huerto. Cada hebra que Chucha pasaba por el bastidor para entretejer la rejilla de ratán era un nuevo comienzo. Todos los días amanecía con un nuevo entusiasmo. Y Paula: cada esqueje, cada retoño trasplantado, cada semilla que germinaba y cada fruto de su huerto era, también, un nuevo comienzo.

​Ambas dependían de sus habilidades y de su particular manera de habitar la existencia. Cada edad tiene su encanto y siempre es posible culminar algo —como la última hebra de un tejido— para dar paso a un nuevo proyecto.

​La forma en que nos han vendido la vida después de los 60 exige un desaprendizaje. La vieja frase de "respetar la sabiduría de los mayores" terminó deformándose en una dinámica de dominio y relegación. Frente a esto, explorar nuevos conocimientos nos invita a comprender la vida como una continuidad y no como una fecha de caducidad.

​El derecho a comenzar de nuevo permanece abierto a cualquier edad. No tenemos por qué someternos a las normas dictadas por el edadismo, que pretenden medir la productividad, la creatividad o la supervivencia como un simple asunto de años cumplidos.

​Las sociedades ancestrales protegían y confiaban en el criterio de sus mayores. Los chamanes y las sanadoras de la antigüedad eran personas cuya autoridad radicaba en la experiencia: habían superado batallas en todos los frentes, habían logrado dominar sus propios demonios y conocían el territorio geográfico con todas sus bondades y peligros.

​Sabían que la ira y el miedo son dimensiones humanas que se deben atravesar para extraer de ellas el autodominio y la enseñanza. Sus cuerpos eran mapas de heridas y cicatrices: la experiencia erigida como símbolo de la intensidad de la vida. Sanar, entonces, no era un trámite meramente científico, sino un acto de autoobservación: estudiar lo que sucedía en el cuerpo y el alma para responder con lo que ofrecía el entorno natural.

​Con el tiempo, el sistema se apropió del conocimiento para ejercer control y decidir quién tiene permiso de comenzar de nuevo y quién no; quién recibe la aprobación para sus proyectos y quién debe ser desechado.

​Pero no existen tiempos "correctos" para empezar. El valor de aprender en la madurez no caduca ni tiene fecha de vencimiento. Cada quien, a su propio ritmo y desde sus propios intereses, tiene el poder de reinventarse.

​Aprender de nuevo no es rellenar un vacío; es enriquecer la trama de lo que ya somos.

¿En qué proyecto, lectura o espacio te has sentido llamado a comenzar de nuevo, sin importar lo que diga el calendario?

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