Trascender el eco: entre la razón y la Justicia Divina

Estamos tan intoxicados uno del otro
que de improviso podríamos naufragar,
este paraíso incomparable
podría convertirse en terrible afección.
Todo se ha aproximado al crimen,
Dios nos ha de perdonar.
A pesar de la paciencia infinita,
los caminos prohibidos se han cruzado.
Llevamos el paraíso como una cadena bendita,
miramos en él como en un aljibe insondable,
más profundo que los libros admirables
que surgen de pronto y lo contienen todo.

— Anna Ajmátova (1889-1966)


Aquí estamos: compartiendo esta cápsula viajera que es el planeta, este lugar que nos sostiene y que hemos dejado de observar y respetar para intentar explicar sus milagros desde nuestra propia pequeñez. Guiados por un ego humano, infantil e inmaduro, pretendemos ser más importantes que la propia conciencia planetaria, entrando así en permanente contradicción con todo lo que la vida nos ofrece cada día.

Objetamos e intentamos imponer la razón cada vez que nos distanciamos de ese «otro» que piensa diferente. Hemos perdido la paciencia para conciliar, para honrar la diferencia y comprender que el otro —por más distante que nos resulte— responde a sus propios patrones, parámetros y límites. Nos conmueve y nos preocupa la advertencia de Anna Ajmátova cuando señala: «Todo se ha aproximado al crimen / Dios nos ha de perdonar».

¿Qué caminos prohibidos hemos cruzado? ¿Cuáles son los límites que hemos pasado por alto? ¿Seremos capaces de mirar más allá de las víctimas y los victimarios para integrarlos como quienes contemplan el movimiento continuo de un eterno Tao? ¿Cuándo detendremos el impulso de hacernos daño? ¿Acaso estas disputas por tener la razón y este movernos desde el odio no son más que el miedo a abrirnos al amor?

Existe una fuerza inconmensurable que define el destino de cada ser humano: la capacidad de ocuparse de sí mismo para ofrecer claridad y luz. Reflexionar, reconocer nuestras faltas y nuestros aciertos, encauzar la vitalidad hacia la esperanza y la creación, respetar la diversidad y no dejarnos arrastrar por las emociones colectivas que destruyen, es el verdadero camino hacia el respeto y la dignidad.

Víctimas y victimarios forman parte de un círculo que necesita ser trascendido para que nazca algo nuevo. La venganza jamás será justicia; la primera justicia a la que debemos apelar es a la Divina. De lo contrario, seguiremos habitando el eco trágico que nos dejó Ajmátova:

Estamos tan intoxicados uno del otro
que de improviso podríamos naufragar,
este paraíso incomparable
podría convertirse en terrible afección...

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