Trilogía de la contradicción: poder, normas, ética

Son muchos. / Se encogieron, además, / no hacia la debilidad, sino hacia una delgada / y letal naturaleza».

La gente delgada - Silvia Plath 


La frialdad del mundo es una cosa real, no está solo en mi cabeza».

Cartas de Silvia Plath 

Es un mundo de doble discurso, de ruido, de movilización absoluta. [...] Se lo están haciendo a ellos mismos».

Diarios de Silvia Plath 

Vivimos  conflictividad social. Usamos nuestra conciencia para defendernos de los demás en lugar de usar la comprensión para acercarnos. Usamos el insulto para fomentar el desprecio a lo que no se parece a nosotros en lugar de escuchar los argumentos y exponer los nuestros sin necesidad de destruir al otro para tener la razón.

​Cuando Donskis y Bauman expusieron la ceguera moral, le quitaron la máscara a los monstruos que hacen cosas cotidianas en la vida común. Nos advirtieron que los peores crímenes no siempre brotan de una perversidad extraordinaria, sino de la pérdida de la empatía. Es aquí donde este concepto se hermana con la banalidad del mal de Hannah Arendt: la renuncia al pensamiento crítico y la obediencia ciega, transforman a individuos corrientes en engranajes de la crueldad.

Los crímenes no son solamente los actos antinaturales; son todos aquellos que se procesan cuando la sociedad normaliza e institucionaliza las acciones antiéticas.

El manejo del poder y sus escalafones, ¿deshumaniza a los individuos que persiguen una idea, no para mejorar la sociedad, sino para sentir que el mal es el camino? ¿El poder está sustentado en una escalera de individuos que siguen normas aunque estas estén en contradicción con el espíritu humano? ¿El poder incide en las sociedades para que gente común se considere extraordinaria y —en medio de la disonancia cognitiva— ejerza juicios inquisitoriales? ¿Estamos ante la reedición de una nueva cacería de brujas?

Cuando el poder se convierte en un dogma para dominar, usando el cuerpo social para someterlo a humillaciones, castigos ejemplarizantes, muerte social y otras estrategias para que la masa sienta pánico y renuncie a su derecho de existir, de pensar, de desarrollarse en el servicio, de tener criterio propio, anulando cualquier iniciativa de solidaridad, estamos ante los monstruos sin alma.

​Invalidar en lugar de ofrecer la mano, hacerse el ofendido antes que admitir el error, promover el juicio inquisitorial, son formas de evidenciar que el poder tiene fuerza, pero no tiene direccionalidad moral.

Ingrid Chicote A.


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