Volver a los ojos propios: la verdad como bien común


"La mentira es la única ventaja del hombre sobre los demás animales, pero la verdad es la que nos hace libres."

— Gabriel García Márquez

Vivimos en una sociedad profundamente enferma: hemos llegado a aceptar verdades sesgadas, fabricadas por maquinarias de información que no son más que granjas de intereses. En el camino, perdimos la costumbre de mirar la realidad con nuestros propios ojos; aceptamos abusos y falsedades simplemente porque provienen de una voz con autoridad o de una orden jerárquica.

Esta es una práctica vieja, una inercia histórica que hoy necesitamos comprender con urgencia para poder trascenderla. Nuestros sentidos no mienten: lo que percibimos desde el cuerpo, desde la vivencia directa, guarda una verdad fundamental. Resulta una verdadera orfandad desconectarnos de nuestra propia experiencia, porque solo al habitarla plenamente podemos quitarnos la venda, discernir la manipulación y reconocer aquello que verdaderamente responde al bien común.

Las instituciones que sostienen la estructura social están caducando bajo el peso de sus propias decisiones y hechos. Ningún sistema institucionalizado puede mantenerse indefinidamente sobre la falacia y el sesgo. Hay que admitir con lucidez que las grandes construcciones sociales están colapsando, y este tránsito requiere un cuidado inmenso, porque lo que viene exige de nosotros algo radicalmente diferente.

Todos somos importantes; todos guardamos la capacidad de aportar algo nuevo al mundo. Sin embargo, quienes ostentan el poder y manejan los hilos de esta transición suelen atrincherarse en sus propias mentiras: al fin y al cabo, para eso fue diseñado el sistema. Frente a esto, el reto no es la resignación, sino el despertar. Se nos exige ser responsables con el tiempo que nos ha tocado habitary reconocer que, si bien la manipulación social es un hecho histórico, también lo son las grandes grietas por las cuales la humanidad ha aprendido a vivir de otra manera.

Buscar la verdad y recomponerla uniendo los trozos dispersos es una tarea titánica. Pero es, al mismo tiempo, la única esperanza para quienes sabemos que el bien común es posible. El bien común no se decreta ni se administra mediante estructuras burocráticas: es, en esencia, aquello que le devuelve el sentido a lo humano.

Recuperar la mirada propia no es un acto de rebeldía ruidosa, sino de soberanía íntima. Descansar en lo que sentimos, en lo que vemos y en lo que tejemos con el otro a escala humana es el primer paso para no dejarnos aplastar por el colapso. La verdad no está en los grandes discursos; empieza en la honestidad de nuestra propia experiencia.

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