El eterno retorno: ¿Repetición o trascendencia?
«Del laberinto no se puede salir, es necesario trascender».
— Eduardo Gasca (John Updike: La literatura de tierra baldía, UCV, 1965)
Me he preguntado todos estos días si podremos salir del bucle histórico que parece condenarnos a un sufrimiento sin fin. Como ciudadanos, aprendimos a tejer y destejer esperando a un Ulises que no llega, mientras los pretendientes se apropian de lo que no les pertenece.
En esta nueva encrucijada me asalta la duda: ¿seguiremos repitiendo la misma historia colectiva sin haber aprendido a hacer las cosas de manera diferente? ¿Seremos capaces de pensar sin pasión ni desborde emocional, desde la pura reflexión?
Así como descubrimos que la famosa frase «La locura es hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes» no pertenece a Albert Einstein, sino que fue escrita por la novelista Rita Mae Brown en su libro Sudden Death (1983), también resulta urgente para nosotros investigar, mirar nuestro tránsito por la historia y liberarnos de esta repetición neurótica colectiva. Para salir del laberinto —de la espiral— es necesario poner los pies sobre la tierra, aunque esta se haya movido y haya quedado en escombros.
En Venezuela hemos vivido en una constante paradoja: la caída de dictaduras, el Pacto de Punto Fijo, la bonanza petrolera y sus grietas, hasta llegar a este presente donde resulta casi imposible mirar la cadena de acontecimientos con objetividad. Lo hacemos empujados por una emocionalidad que nos condena al fracaso de una nación polarizada; una nación que sirve a intereses opacos mientras los venezolanos sobrevivimos dispersos por el planeta.
Mientras escribo, me pregunto a qué hora volverá a interrumpirse el servicio eléctrico. ¿Qué clase de pesimismo nos están inyectando? ¿No basta con la realidad obvia para que sigan profundizando el puñal en este país herido?
Nuestra clase política ha basado su comportamiento en el conocido dicho popular «borrón y cuenta nueva», alimentado por el caudillismo y el mesianismo. Cada proyecto ha pretendido refundar el país desde cero, como si lo anterior no valiera o no existiera. Ese bucle nos ha hecho perder la memoria colectiva. Hoy nos hallamos en un enfrentamiento inédito, una nueva forma de hacer la guerra: existimos únicamente al marcar diferencias, atizando el fogón de los resentimientos en lugar de asumir la reflexión, reconocer el fracaso y aprender de lo vivido. Definitivamente, por este camino no vamos hacia un encuentro sincero.
La inmediatez y la polarización nos han privado de un valioso tesoro: la audacia de interpretarnos fuera de los dogmas, de la nostalgia paralizante, de los atajos del poder y de los miedos. Hemos olvidado —nos han hecho olvidar— nuestra capacidad de pensar. Y así volvemos al eterno retorno del caudillo, el mesías y el rentismo.
Los mismos patrones se repiten una y otra vez disfrazados con nuevos lenguajes y protagonistas reciclados. Mientras tanto, las verdades se develan en la práctica a través de la tragedia: vidas truncadas por la desasistencia, por la falta de compromiso ético y por leyes arbitrarias y decadentes. Pesa más la pedagogía de la obediencia que la calidad de vida.
La memoria es una herramienta viva para la dignidad y la reconstrucción del tejido social. Pero esa memoria no podemos dejarla estática en la Conquista, la Colonia o las guerras del siglo XIX. Debemos tomarla para estudiar nuestros aciertos y errores en los últimos cien años. De este siglo XXI ya han transcurrido 26 años y seguimos mirando hacia atrás buscando héroes, agravios y nostalgias; perdiéndonos de lo contemporáneo, como quien le tiene miedo a sus padres y recurre a los abuelos.
No somos víctimas de un destino que se repite de forma nietzscheana. Somos sujetos capaces de construir una cotidianidad donde la esperanza no sea una posibilidad remota; capaces de retomar los hilos de la memoria para mirar la historia como una ciencia: sin idealismos, sin condenas sumarias y sin erigirnos en jueces del pasado. Reconocer la historia con sus luces y sus sombras es soltar patrones, asumir lo hecho y emprender nuevos caminos.
Esto solo será posible si pensamos juntos de manera crítica y descarnada, si nos educamos para mirar el presente con objetividad, si recuperamos el valor de expresarnos hacia adentro a través del arte y la creación, y si ofrecemos horizontes para la reflexión comunitaria.
Es hora de dejar de habitar la ruina como un destino inevitable. Trascender el laberinto no significa olvidarlo ni borrar sus muros, sino elevar la mirada por encima de ellos para comprender su forma. Significa entender que la salida no vendrá de un redentor ni de un evento mágico, sino del acto paciente de pensar en colectivo, de reconstruir el pensamiento crítico y de volver a reconocernos en el otro.
La historia no está escrita en piedra ni nos condena a la repetición perpetua. El bucle se rompe en el momento preciso en que decidimos dejar de ser espectadores heridos para convertirmos en arquitectos de nuestro propio tiempo. Solo allí, cuando el pensamiento le gane a la pasión desbocada y la memoria se transforme en aprendizaje, dejaremos de dar vueltas en la sombra para volver a pisar, con firmeza, la luz de la realidad.
Excelente artículo. Fue escrito en 1965 y su contenido sigue vigente 61 años después...
ResponderEliminarGracias
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